viernes, 6 de marzo de 2009

ENFERMO


Cuando él se enfermó, parecía que todo estaba mal.
Siempre se había sentido libre, independiente y segura de sí. Podía resolver casi todos los problemas.
Hablar otros idiomas, cocinar, pagar las cuentas en el banco, hablar con un proveedor o con un profesor de su hijo.
Hasta iba al cine sola, en alguna tarde que estaba aburrida.
Cuando reciclaron el departamento, eligió desde el arquitecto hasta los sanitarios del baño; las cortinas y las macetas. Se peleó con el albañil más de una vez porque era desprolijo y lento.
Se podría decir: una mujer moderna, actual.
Informada y culta.
Y hoy, al lado del enfermo era más pequeña y casi indefensa, cuando él no la veía.
Cuando se despertaba y la encontraba a su lado, ella crecía. Le hablaba de algún proyecto futuro, mientras acomodaba las sábanas.
Le preguntaba si quería más jugo de naranja o si necesitaba que le acomodara la almohada.
Alegre y risueña, se movía por habitación con naturalidad, como todos los días.
Pero ese día tenía miedo.
Y si era algo grave? Y si se iba de su vida? Qué iba a pasar con ella?
Habían pasado tantos años juntos que se conocían muy profundamente, tantos, como para estar segura de que, si él se iba, a ella le iba a faltar la mitad.
Una pareja madura,se complementa tanto con el correr de los años, que ya no "es", sin la otra.
Y eso sentía ese día.
Temor y rabia. Temor a perderlo y rabia por sentirse tan dependiente de él.
Cuando el médico se fué, y supo que no era nada grave, se sintió una tonta adolescente.
Un antibiótico, un poco de reposo y volverían a la normalidad.
Agradeció a Dios en ese momento, y pensó en todos aquellos conocidos y desconocidos que sufren, que están enfermos y esperan...
Salió al jardín, ya atardecía y el cielo se pintaba de rosados, acomodó los almohadones del sillón, y entró a la cocina pensando: ¿ qué voy a cocinar hoy?

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